Navidades Covid en España – Anotaciones para celebrar

La Navidad en España se divide en tres. Nochebuena, Nochevieja y Reyes. Cada zona territorial y familia tendrá sus peculiaridades, pero estas tres permanecen prácticamente en todas partes. Las luces y la decoración de cada casa comienzan a mediados de diciembre, y en las escuelas la magia se inaugura con la llegada del Príncipe Aliatar. La Realeza de Oriente distribuye a sus emisarios a lo largo y ancho del país para recoger las cartas que los más pequeños quieren hacer llegar a los Tres Reyes Magos de Oriente. La misiva cuenta sus deseos, sus sueños de cara al año nuevo, algo así como Papá Noel, pero versión castellana.

El 24 de noviembre se celebra Nochebuena. Antiguamente, o al menos hace una década, las familias se reunían a media tarde, cenaban todos juntos y a media noche iban a la Iglesia. La Misa del Gallo se llamaba, y al final, daban chocolate con churros. La Iglesia también se engalanaba con diversos pasajes navideños, y en el centro destacaba el pesebre con María, José, el Niño Jesús, un buey y una mula. En función de la humildad y grado de rimbombancia del encargado de la decoración, había más o menos figuras: pastores, lavanderas, campesinos, animales, soldados, muros de piedra, ríos, árboles… y los Tres Reyes Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar, iban en camello, con su respectivos pajes, avanzando poco a poco. En los hogares, los niños movían cada día las figuiritas para que el 5 de enero llegaran al pesebre. Pero antes, Navidad.

Nacimiento con luces

La celebración del 25 de diciembre también solía ser familiar: hablar, comer, hablar y volver a comer. Más o menos. Si había suerte de estar de vacaciones o no tener mucho trabajo, se aprovechaba para recuperar las horas de sueño de la noche anterior y avanzar algunas que iban a hacer falta en Nochevieja. El 31 de diciembre el ambiente familiar ya es un poco más ambivalente, incluye amistades, romances y similar. Pero, se celebre en compañía de quien se prefiera, la tradición es la misma: a medianoche hay que comer doce uvas con cada una de las campanadas ¿Problema? Los cuartos. Con el reloj de la Puerta del Sol de Madrid se trasmite en directo el evento del año. Las cadenas de televisión, cada una con su respectivo traje de ceremonia (con capas para ellos y transparencias para ellas) van haciendo tiempo hasta en punto y explicando, una vez más, que las campanadas son doce y no dieciséis. Esto es así porque antes de la primera se dan los cuartos, que son como una especie de alarma premonitoria de cuatro tonos. Vamos, que empiezas a contar y cuando vas por el número cuatro es cuando tienes que comer la primera de las uvas. Se van acumulando en la boca y tienes que intentar ingerirlas antes de que el toque de la siguiente campanada que indique que hay que introducir una más.

Hay gente que hace trampa, por supuesto. Muchos pelan las uvas y le quitan las pepitas, ahora incluso vienen en lata para evitar el esfuerzo. Hay a quien no le gusta la fruta y lo cambia por Lacasitos, o dulces, o trocitos de otra cosa. Pero solo vale con uvas, la tradición es así. Y luego viene la fiesta, el desenfreno y la borrachera mayor del año. Sin límites. Se organizan fiestas a gran escala, con cena, música y alojamiento incluido en muchos casos. Hay quien va a la aventura, sin reserva previa, y… cada uno tendrá tantas anécdotas como amigos y primaveras cuente. El uno de enero, el primer día del año siguiente, pasa casi sin darse cuenta. Así, entre fiesta, sueño, comida y dolor de cabeza. Y luego, tranquilidad hasta el día 5.

Cabalgata de Blimea i

Los Reyes Magos, ya con los deberes hechos, «se dirigen al portal/ para hacer llegar al niño/ su cariño y su amistad/ y Jesús en el pesebre sonríe porque está alegre». Le entregan oro, incienso y mirra, y a los niños les tiran caramelos. La festividad de cada pueblo varía tanto como la personalidad de cada habitante. Mencionar todas las peculiaridades eliminaría la gracia de vivir la sorpresa que cada uno aguarda, por lo que, en aras de economizar tiempo y espacio, vamos a explicar La Cabalgata de Reyes del pueblo de Blimea, una región de Asturias, al norte de España. La Asociación de Amas de Casa, junto con el resto de voluntarios y la financiación de los vecinos, se encarga de la organización, los trajes, los artistas y demás fantasía. Todo el mundo participa. Los pequeños se visten de pajes para acompañar a los Reyes en su desfile por las calles, y van repartiendo caramelos al tiempo que saludan y arrojan felicidad a quien los observa desde la ventana. El Grupo Folklorico ameniza la velada con villancicos, bailes y canciones tradicionales. El recorrido termina en la Iglesia, donde todo el pueblo se junta. Melchor, Gaspar y Baltasar visitan al niño, le entregan sus presentes, y se sientan en el altar. Cada uno tiene su trono y dos leales pajes que le asisten. ¿Su cometido? Escuchar a todo el niño, niña, o persona con ilusión que lo desee. Se sientan en su regazo, les cuentan sus deseos, se sacan más fotos de las que volverán nunca ver, y se despiden con un beso y un revoltijo de chucherías. Así hasta que se termine. Hasta que la cola no exista, todos al pie del cañón. Canción más canción, el Grupo Folklórico no se desanima, y familias enteras van pasando por el pesebre. Y al llegar a casa… zapatilla y a la cama.

Decoración familiar

En este punto también cambia la historia. Según la costumbre, bien los Reyes visitaron a los niños mientras ellos estaban ayudando en otra cosa, bien los visitarán esa noche, mientras duermen, y esa opción es la más bonita. Es la noche más corta del año, se tarda en dormir y se amanece muy muy temprano. Y en el salón, debajo del árbol, brillan los colores y los paquetes y la purpurina y las guirnaldas y todo es maravilloso, a no ser que hayas sido malo, entonces sólo encontrarás una bolsa de carbón. También, para añadir un poco de magia, hay regalos con notas, acertijos y rompecabezas para que la fiesta no consista solo en abrir papel.

Y así, con la ilusión renovada, la barriga llena y las horas de sueño actualizadas, se retoman las clases y el año empieza con un nuevo color. Bueno, eso era así hasta ayer. O hasta la semana pasada. La pandemia Covid hace que nada de esto sea posible este año. Las reuniones familiares y de allegados se reducen a un número que cambia por regiones y días, según qué medio o quién trasmita la noticia. La movilidad entre zonas, también. Algunas permiten la entrada, otras confinan hasta el movimiento interior. Hay que prevenir. Evitar contacto y propagación. Cada uno en su casa, y la esperanza en la de todos. Gracias a las nuevas tecnologías la comunicación nunca había sido tan instantánea y pocas cosas se pueden hacer ya sin que una cámara no lo pueda trasmitir. Y aunque los besos, los abrazos y las despedidas dolerán diferente este año, la esperanza de que pueda volver a repetirse hará que la distancia sólo sea virtual.

Bárbara Fernández Mastache

Bárbara Fernández Mastache es graduada en Ciencia Política y de la Administración Pública por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Tras varios cursos y un postgrado de seguridad, compagina la escritura con sus estudios en Gestión de la Administración Civil del Estado

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