Las Dos Guerras Frías de Estados Unidos: ¿De la Hegemonía a la Decadencia?

Este nuevo libro del autor, académico y ex Embajador venezolano Alfredo Toro Hardy, compara la Guerra Fría que Estados Unidos sostuvo con la desaparecida Unión Soviética con la que ahora emerge con China. La obra formula dos preguntas básicas: ¿Qué tan distinto como rival estratégico resulta la China de hoy a la Unión Soviética? ¿Qué tan distinto resulta  Estados Unidos hoy al que fue cuando confrontaba a los soviéticos? Luego de dedicar los dos primeros capítulos a analizar las razones de la implosión de la Unión Soviética y del emerger de China, la obra dedica los cinco capítulos siguientes a responder a las preguntas anteriores.

El tercer capítulo refiere que, aunque multifacética, la Guerra Fría con los soviéticos tuvo a la ideología como elemento central. Dos sistemas de valores con aspiraciones de universalidad midieron allí sus fuerzas. Allí, Estados Unidos llevó las de ganar. Su noción del “Mundo Libre”, aunque sujeta a inconsistencias e hipocresías, resultó una flecha dirigida al talón de Aquiles de un modelo totalitario como el soviético. La falta de libertad en los diversos órdenes, incluyendo el económico, terminó generando las condiciones para la crisis y el ulterior colapso de la Unión Soviética. La Guerra Fría con China tiene a la eficiencia, y no a la ideología, como sustento. Ello por dos razones. Por un lado, la crisis de la democracia en Estados Unidos brinda escasa credibilidad a su narrativa liberal. Por el otro, para un régimen tecno-utilitario como el de Pekín son los resultados y no el debate ideológico lo que importa. Ello coloca a Washington en el peor de los escenarios. Plagado por un sinfín de problemas domésticos no resueltos, Estados Unidos se encuentra singularmente mal preparado para competir en términos de eficiencia con un país como China, cuyo listado de realizaciones en estas últimas cuatro décadas no encuentra parangón histórico.  

El cuarto capítulo señala cómo Estados Unidos resultó mucho más exitoso que la Unión Soviética en la construcción y estructuración de un sistema de alianzas internacionales. Ello dio forma a una hegemonía sólida basada en la aquiescencia. Con el colapso soviético, la misma pasó a hacerse global. Desafiando al sentido común, Bush y Trump se encargaron de desarticular al sistema de alianzas que tantos beneficios había traído a su país, generando profunda desconfianza entre sus aliados. Una desconfianza tanto mayor cuanto que en tres años Trump podría estar de regreso en la Casa Blanca. El libro, desde luego, no anticipa en sus páginas la reconstitución de la Alianza Atlántica que habría de resultar de la invasión rusa a Ucrania. Sin embargo, si analiza el impacto potencial resultante del eje en formación entre China y Rusia. Ello plantea una importante vulnerabilidad estratégica a Estados Unidos, país que ha debido evitar por todos los medios a su alcance esta rivalidad combinada.  A la vez, la obra destaca la creación por parte de Pekín de una sólida arquitectura internacional, en este caso esencialmente económica, que rememora a la creada por Washington tras la Segunda Guerra Mundial. Todo ello le otorgaría la ventaja al país asiático en términos de su capacidad de convocatoria internacional.

El quinto capítulo hace alusión a la extraordinaria consistencia estratégica mostrada por Estados Unidos en las dos décadas que sucedieron a la Segunda Guerra Mundial. Consistencia que, aunque seriamente erosionada a partir de 1965, permitió al país mantener un claro sentido de propósito y enfrentar los retos que le planteó la Unión Soviética. Más aún, a partir de comienzos de los ochenta Washington asumió la iniciativa estratégica frente a un Moscú cada vez más a la defensiva. Hoy, por el contrario, la extrema polarización política estadounidense hace que sus partidos habiten en planetas distintos en materia de política exterior, empujando hacia un zigzag inevitable. China, por el contrario, persigue un objetivo estratégico preciso: Convertirse en la potencia número uno para mediados de siglo. A un mapa de ruta claro se le une coherencia en la acción política.

El sexto capítulo se refiere a la ventaja económica de la que disfrutó Estados Unidos frente a la Unión Soviética, obligándola a equiparar sus gastos en defensa a pesar de disponer apenas de una fracción de su PIB. China, por el contrario, no sólo tomará la delantera económica frente a Estados Unidos a partir de la tercera década de este siglo, sino que mantiene ya a raya a los mayores gastos en defensa de aquel. Ello, por vía de su armamento asimétrico, de la concentración geográfica de sus fuerzas en zonas colindantes a su territorio y en virtud de una estrategia de retaliación nuclear mínima, susceptible sin embargo de neutralizar el uso del mayúsculo arsenal nuclear estadounidense.

El séptimo capítulo señala como Estados Unidos orientó su rivalidad con la Unión Soviética por vía de una política de contención a los impulsos expansionistas de aquella. Política que resultó razonable en la medida en que, a partir de comienzos de los años cincuenta, Stalin comprendió que no eran posibles nuevas ganancias territoriales en Europa y dirigió sus impulsos de expansión hacia zonas periféricas del planeta. Con la excepción de Berlín en 1961 y Cuba en 1963, las dos superpotencias siempre evitaron medir sus fuerzas en zonas que les resultasen geoestratégicamente prioritarias. Por el contrario, Washington busca contener a China en una zona que no sólo resulta geoestratégicamente prioritaria para aquella, sino sobre la cual mantiene el dominio del potencial teatro bélico de operaciones. Ello escapa a cualquier posibilidad de contención exitosa.

A diferencia de la primera Guerra Fría, cuando llevaba el viento a sus espaldas, Washington enfrenta en esta segunda a poderosos vientos en contra. El sentido común, señala el libro, le aconsejaría evitar una rivalidad existencial con China y propiciar un clima de coexistencia con aquella. Lo contrario sólo serviría para acelerar su declive. El tango, sin embargo, requiere de dos. Aún cuando Estados Unidos llegase a la conclusión de que su mejor opción sería buscar un reacomodo estratégico con China, las ambiciones de esta última pudieran no verse satisfechas con lo que Washington pudiese estar dispuesto a ofrecer. Beijing, en efecto, podría no querer desperdiciar lo que visualiza como los mayores cambios vistos en un siglo.

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